viernes, 4 de agosto de 2017

Venezuela, los aprendices tropicales de ISIS


LUIS HERNÁNDEZ NAVARRO
La Jornada
25 julio 2017

Carlos Eduardo Ramírez salió a buscar empleo el jueves 18 de mayo. Alrededor de las 3 de la tarde caminaba por una de las calles cercanas a la estación del Metro de Altamira, en Caracas, cuando un grupo de unos 20 opositores al Gobierno encapuchados lo abordó. De inmediato comenzaron a golpearlo con palos y piedras. Uno llevaba una pistola. «¡Mátalo, mátalo, mátalo! ¡Se tiene que morir ese chavista!», le gritaron.

Carlos Ramírez les gritó: «¡Yo no soy chavista, yo no soy chavista! ¿Por qué me van a matar? ¡Déjenme vivir que quiero ver a mi hija!» Los enmascarados le echaron gasolina encima y le prendieron candela. Él comenzó a saltar, a correr, a gritar y se tiró al piso para sofocar las llamas. La policía municipal de Chacao (municipio en manos de la oposición) no hizo nada para evitarlo. Sólo lo auxiliaron los bomberos (https://goo.gl/tDTB7A).

Carlos fue la primera persona a quien los pacíficos opositores venezolanos le prendieron fuego por «ser chavista». Afortunadamente vivió para contarlo. Sin embargo, Orlando José Figueras, de 21 años, no pudo decir lo mismo. El 20 de mayo, en Altamira, fue salvajemente golpeado, apuñalado y quemado por los aprendices tropicales de ISIS por ser ladrón y madurista (https://goo.gl/krpfcu). No pudo sobrevivir.

Desde entonces, los enemigos de la Revolución Bolivariana no han parado de quemar a seres humanos por el delito de ser chavistas. Los fanáticos le han prendido fuego a 19 personas, en su inmensa mayoría negros, pobres o funcionarios gubernamentales.

Pero, su vocación piromaniaca no termina ahí. Han incendiado alimentos (más de 50 toneladas en el estado Anzoátegui, donde, según Marco Teruggi, acompañaron la lumbre con tres pintadas: «chavistas malditos», «no más hambre», y «viva Leopoldo»); urnas fúnebres del cementerio de Guaicaipuro; banderas cubanas; la estatua de Hugo Chávez; la Dirección Ejecutiva de la Magistratura (DEM) del Tribunal Supremo de Venezuela en Chacao; la sede del Ministerio de Vivienda; el Instituto Nacional de Nutrición; comisarías y una larga lista de edificios públicos.

La pedagogía del fuego opositor forma parte de su apuesta insurreccional. Su conversión en la versión sudamericana del Ku Klux Klan (no es casualidad que muchas de sus víctimas sean afrodescendientes) es parte de su fracaso para ganar base social en los sectores más humildes. Como la guerra económica, el bloqueo de calles y avenidas en los barrios de clase media, el despliegue de formas de lucha de guerrilla urbana y la campaña mediática que desplegaron no han provocado ni la fractura del Ejército ni la deserción popular de la causa chavista, la oposición recurre ahora al terror. Busca que el miedo paralice a quienes se le oponen. Pretende desgastar la resistencia popular.

No es novedad. La derecha latinomericana tiene una larga tradición terrorista. No hay pueblo en el continente que no la haya sufrido. Sin embargo, la oposición venezolana la ha innovado y superado con creces. Sus asesores han aprendido de ISIS. Hacer que las llamas devoren a seres humanos es una de las cartas que han puesto sobre la mesa para provocar pánico. Sin embargo, quemar vivas a las personas es una bestialidad que muchos medios de comunicación y grupos defensores de derechos humanos han decidido ignorar y silenciar.

A pesar de que los grupos de choque opositores recurrentemente hacen uso de la violencia contra la población pobre, la prensa internacional los describe como «pacíficos», «libertarios», «cool» y hasta «sexis». Y, aunque los comandos que ejecutan la violencia callejera están integrados por paramilitares colombianos, lúmpenes pagados, bandas de delincuentes y grupos de choque con entrenamiento en guerra irregular, se les presenta como jóvenes idealistas que luchan contra la «dictadura castrocomunista» durante el día y luego van a reventarse de noche; que combinan las máscaras antigases en las barricadas con los vestidos de moda y los tragos exóticos cuando el Sol se oculta (véase, por ejemplo, https://goo.gl/djHLgQ y https://goo.gl/LY8w3z).

Esta campaña de desinformación sobre lo que sucede en Venezuela ha alcanzado niveles grotescos. Durante meses, Lilian Tintori aseguró que se su esposo, Leopoldo López, estaba siendo torturado en prisión. Incluso se dijo que había fallecido. Multitud de medios dieron por buena esta versión sin corroborarla. Sin embargo, cuando el pasado 8 de julio López pasó a prisión domiciliaria, parecía más un instructor de fisioculturismo que un reo martirizado.

Hasta el momento, la intentona golpista de la oposición venezolana ha provocado 105 muertos. De ellos, 29 fueron víctimas directas de los mismos manifestantes. Por ejemplo, cuatro perecieron cuando les estallaron en las manos los explosivos que pensaban utilizar contra otros. Fallecieron durante saqueos y un incendio dentro de un almacén provocado por los asaltantes, 14 personas. Otros 14 decesos fueron obra de autoridades del Estado, procesados en su mayoría judicialmente. Los 44 restantes están bajo investigación (https://goo.gl/VCqv97).

A corto plazo, la oposición venezolana está empeñada en hacer fracasar la votación para nombrar la Asamblea Nacional Constituyente el próximo 30 de julio. Pero, más allá de este propósito, aspira a formar un gobierno paralelo, que, aunque sea testimonial (y esté incapacitado para ejercer el poder real), pueda obtener el apoyo de Estados Unidos, y abra la puerta a una invasión extranjera. Los aprendices tropicales de ISIS van con todo, incluyendo prender fuego a los venezolanos negros y pobres, a los que no perdonan la osadía de haberse hecho dueños de su propio destino.

Twitter: @lhan55