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Noticias Amor y Rabia

Barcelona 1918/19: la huelga de La Canadiense

Published on: domingo, 24 de julio de 2016 // , , ,

La hoy olvidada neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial tuvo enormes consecuencias para la historia del anarquismo. Tanto la agricultura como la industria se beneficiaron enormemente de las consecuencias de la movilización de los países en lucha, que concentraron su producción en ganar la guerra. Debido a la enorme lluvia de pedidos, en el corto periodo de 4 años España vivió una pequeña revolución industrial; Cataluña se benefició especialmente de esta situación gracias a la existencia previa de un tejido industrial, y la «neutralidad» de los empresarios permitió suministrar a ambos bandos, de manera que los beneficios obtenidos en ese corto espacio de tiempo fueron formidables. Como es lógico, la lluvia de pedidos de todo tipo de Europa provocó una rápida subida de los precios, provocando en poco tiempo una gravísima carestía de vida. Debido a la importancia de España para ganar la guerra, ambos bandos luchaban por lograr el máximo posible de suministros e impedir que el adversario accediese a ellos. El sabotaje e incluso la financiación de huelgas para impedir o retrasar la entrega de suministros a uno de los bandos se convirtió en algo habitual; esto y la cada vez peor situación del proletariado dio lugar a una situación explosiva, que empeoró debido a la división de la clase política española entre los defensores de Alemania (los monárquicos) y quienes apoyaban a Inglaterra y Francia (liberales como el Conde de Romanones).

La reaparición de la CNT tras el inicio del conflicto abrió paso a un crecimiento exponencial de la militancia, y con ella del número de huelgas. Al final del conflicto bélico, el lógico fin de los pedidos dio lugar a la reconversión forzosa de la industria que había surgido en los años de la guerra, pero la CNT había logrado acumular suficiente fuerza como para hacer frente a los planes de la patronal catalana. Es en este momento cuando de repente la burguesía catalana puso en marcha la campaña autonomista de 1918/19, intentando imponer una discusión interclasista que favorecía sus intereses y permitía poner en marcha la adaptación de la estructura económica catalana a la situación de la posguerra a costa de los intereses de la clase obrera. O al menos eso es lo que esperaban conseguir.

La realidad fue muy diferente debido a la puesta en marcha de una huelga en la principal empresa de suministro eléctrico de Cataluña, llamada «La Canadiense» porque su principal accionista era el Canadian Bank of Commerce of Toronto. La huelga, al principio de apariencia insignificante en febrero de 1919, dio lugar a una escalada que en poco tiempo paralizó la principal región industrial de España. Esta situación no era casualidad, sino fruto de la planificación por parte del proletariado de Cataluña (formado a partir de la llegada en aluvión de trabajadores del resto del país); una vez paralizada la región, la CNT exigió la implantación de la jornada de 8 horas como condición para el fin de la huelga. El intento del ejército de sustituir a los huelguistas al mando de las instalaciones eléctricas por soldados fracasaron por su falta de conocimientos y una campaña de sabotajes de todo tipo por parte de una clase obrera curtida en las duras luchas obreras que tuvieron lugar durante la guerra.


(IZDA.) La primera aparición documentada de la 'estelada', como parte de
la internacionalización de la campaña autonomista catalana de 1918-19.
Casualmente volvería a aparecer en un contexto similar, tras la crisis de
2008-09, de nuevo acompañando un ataque a los intereses de la clase
obrera; por desgracia, esta vez el Movimiento Libertario en Cataluña
hizo de comparsa. (DCHA.) Noticia del 6 de febrero de 1919 de EL LIBERAL.

La burguesía catalana, incrédula primero y aterrorizada después por las gigantescas dimensiones que tomó el conflicto, abandonó sus reivindicaciones nacionalistas tan rápido como las había planteado y se alió al ejército para aplastar al proletariado. La cuestión social se había impuesto a la cuestión nacional, y la burguesía demostró rápido que el nacionalismo no es más que una abstracción ideológica al servicio de sus intereses. Ante la incapacidad de acabar con la huelga, el Conde de Romanones cedió, y la jornada de 8 horas pasó a ser ley en todo el país. La burguesía catalana, humillada, se negó a aceptarlo, y aprovechando el nombramiento del carnicero Martínez Anido como Gobernador, puso en marcha una campaña de terror contra la clase obrera militante. Mediante la combinación de pistoleros, la creación de «sindicatos» al servicio de la patronal y la aplicación de la «Ley de fugas» (la ejecución por las fuerzas represivas de los prisionero sindicalistas), en tan sólo 4 años (1919-1923) murieron en Cataluña más miembros de la CNT que el número total de víctimas de los nazis que hubo en Alemania antes de la llegada de Hitler al poder.

Pero a diferencia de la clase obrera alemana, en la que predominaba el parlamentarismo marxista, en la clase obrera española dominaba la acción directa anarquista, por lo que pudo defenderse. Como consecuencia, se desató una guerra feroz entre la clase obrera y la burguesía y sus secuaces que amenazó la estabilidad misma del Estado, y acabó en 1923, cuando la burguesía catalanista empujó al general Primo de Rivera, gobernador general de Cataluña, a dar un golpe de estado e instaurar una dictadura. Cuando esta cayó, en 1930/31, la CNT resucitó, y 6 años más tarde puso en marcha la revolución social.


España 1936-1939: ¿Guerra civil o Revolución social?

Published on: martes, 19 de julio de 2016 // , ,

Ángel J. Cappelletti


Por una curiosa coincidencia (que en realidad no es tal) los historiadores liberales y marxistas suelen llamar a lo que sucedió en España durante los años 1936 y 1939, «la guerra civil», y dan una interpretación básicamente idéntica al sentido de aquellos dramáticos acontecimientos. Para los liberales se trata de una lucha, crucial para los destinos del país y del mundo, entre la república democrática y la reacción fascista; para los marxistas, de un esfuerzo por establecer una democracia parlamentarista como antecedente de un futuro (remoto) Estado socialista, combatido a sangre y fuego por la aristocracia terrateniente, el capitalismo internacional, el clero y los militares, con ayuda de la Alemania de Hitler y la Italia de Mussolini. Los fascistas, por su parte, hablan de la «Cruzada» y, a veces (avatares semánticos), de la «Guerra de Liberación Nacional». Si prescindimos de esta última interpretación, que no deja de ser válida como descripción de las intenciones de los «rebeldes», ya que toda «Cruzada» supone el propósito de imponer a un pueblo «la cruz», esto es, la dominación ideológica (y política) de la Iglesia Católica, es preciso aclarar la insuficiencia de la hermenéutica liberal-marxista.


Lo sucedido en España durante aquel trienio, no fue simplemente una guerra entre republicanos y monárquicos, entre demócratas y totalitarios, entre liberales-socialistas y falangistas, sino algo mucho más hondo y transcendente: una revolución social. Surgida con ocasión del levantamiento de los militares facciosos, esta revolución, que se venia preparando desde 1931(y aún desde mucho antes), comportaba una transformación radical de las estructuras económicas y sociales, la instauración de una sociedad sin propiedad privada, sin clases y sin Estado. Sus protagonistas fueron los obreros industriales, los mineros, los campesinos asalariados o minifundistas y, en general, los trabajadores de todas las regiones de España. Pocos intelectuales participaron en ella, aunque algunos adhirieron más tarde a su proyecto. El «lumpen», que tanto falangistas como comunistas suelen presentar como actor de la gesta revolucionaria, no hizo sino seguir —a veces por mero oportunismo, a veces por desesperación heroica— el impulso creador de los trabajadores. El motor «político», por así decirlo, fue sin duda la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) (Cfr. J. Peirats, La CNT en la revolución española, París, Ruedo Ibérico; Móstoles (Madrid), Ediciones Madre Tierra, 1988). Hubo pequeños núcleos marxistas que, coincidiendo con los anarquistas y anarco-sindicalistas, adhirieron, más o menos plenamente, al proyecto revolucionario (grupúsculos del PSOE, marxistas independientes, comunistas anti-estalinistas del POUM), pero es evidente que nada hubieran podido hacer, frente a los planes del gobierno republicano-socialista y del Partido Comunista, sin el aliento encendido y la vibrante actividad de la CNT. Gracias a ésta, el enfrentamiento con los militares fascistas y con la Iglesia ultrarreaccionaria se convirtió en verdadera revolución social, con gran indignación de republicanos burgueses, socialistas y comunistas. Las tesis del Partido Comunista, formado por trabajadores de cuello blanco, pequeños rentistas, burócratas e intelectuales a sueldo del Kremlin, eran las siguientes:


1. Es preciso vencer al fascismo en armas con un ejército profesional y bien disciplinado (con sus respectivos generales y mariscales al estilo de Stalin). Trotski, organizador del ejército soviético, había escrito en su libro Los Orígenes del Ejército Rojo: «Las ventajas de una organización y una estrategia centralizada se ponen tan rápida y claramente de manifiesto que los principios fundamentales de la organización del ejército son actualmente indiscutibles» (Cfr. H. Abosch, Crónica de Trotski, Barcelona, 1974, pág. 72).


2. La meta política es el establecimiento de una república parlamentaria y la instauración de una democracia representativa. Es preciso construir un Estado que asegure la libertad de prensa, el laicismo, la educación popular.


3. De ninguna manera se debe aspirar a una colectivización masiva y, sobre todo, es preciso evitar que los sindicatos y las agrupaciones obreras y campesinas tomen en sus propias manos la dirección de fábricas y explotaciones agrícolas. «La consolidación de la república burguesa» era el lema proclamado por el Partido Comunista. Consideraba que de ello dependía el futuro del socialismo en España. Fácilmente se comprenderá que los socialistas reformistas y los republicanos estuvieran encantados con los comunistas. Éstos se habían dejado ganar por el «buen sentido» burgués. «Paso a paso y ordenadamente» parece una consigna sensata (y tal vez lo sea), pero la historia demuestra que es una consigna contraproducente cuando se lanza en un contexto y en una situación social revolucionarios.


Los bolcheviques habían adoptado ya, con Lenin, esa consigna, organizando un ejército profesional (y, por tanto, feudal), enajenando el poder de los soviets en un omnipotente Politburó. Lo que pudo haber sido el primer país socialista del mundo se convirtió así en un gigantesco imperio tecno-burocrático (cuya analogía histórica más cercana parece encontrarse en el milenario mandarinato chino) y generó una nueva y lamentable especie de capitalismo de Estado (Cfr. A. Guillén, El Capitalismo Soviético: Última etapa del Imperialismo, Madrid, 1979). Este programa, aconsejado tanto por la «prudencia» reformista como por los intereses de la Rusia de Stalin, dio lugar a una lucha sin cuartel contra los anarquistas y la CNT y contra el POUM (errónea o maliciosamente calificados de «trotskista» por la ortodoxia estalinista).


Los burócratas comunistas (como Comorera en Barcelona) pusieron toda clase de obstáculos a la labor revolucionaria de la CNT; la brigada de Líster saqueaba las colectividades anarquistas de Aragón, etc. En mayo de 1937 organizaron una redada de exterminio contra el POUM, que Orwell describe magistralmente en su Homenaje a Cataluña.


No pocos anarquistas, como el brillante periodista y escritor italiano Camilo Berneri, fueron también asesinados. Los comunistas, numéricamente insignificantes pero muy disciplinados y hábiles en la intriga política, habían logrado con el apoyo de la Unión Soviética (que no entregaba armas a la República y menos a los Sindicatos sino sólo al Partido, por intermedio de un siniestro personaje llamado Ostrowski) dominar de hecho el gobierno central. Negrín y sus acólitos les servían de testaferros 8Cfr. Gastón Leval, Ne Franco ne Stalin, Milán, 1952).


La prensa comunista, secundada por buena parte de la republicana y la socialista, desató una campaña de calumnias contra la CNT y los anarquistas (campaña que, por lo demás, tenía un ilustre precedente histórico en el panfleto de Engels, Los bakuninistas en acción). Mientras luchaban, pues, contra republicanos burgueses, socialista reformistas y comunistas estalinianos en el frente interno y contra los fascistas en el externo (con hombres de la talla de Durruti y Cipriano Mera) (Cfr. J. Llarch, La muerte de Durruti, Madrid, 1976; A. Proudhommeaux, Cahiers de terra libre, 1937), la CNT, la FAI y los anarquistas realizaron entre 1936 y 1939 la más profunda experiencia revolucionaria de nuestro siglo (Cfr. Vernon Richards, Enseñanzas de la Revolución española, Madrid, 1977), después del fracaso de la Revolución rusa, con la derrota de Majno (Cfr. Volin, La Revolución desconocida, Buenos Aires) y el exterminio de los obreros y marinos de Kronstadt por obra de Lenin y Trotski (Cfr. Emma Goldman, Living my Life; D. Guerín, Ni Dios ni Amo, Madrid, 1977, II, pág. 166 ss.) Esta revolución social tendía a instaurar el único socialismo «real» y posible, el que atribuye todo el poder a todo el pueblo trabajador, sin mediaciones políticas y sin manipulaciones burocráticas (Cfr. Anatol Gorelik, Cómo conciben los anarquistas la revolución social, Barcelona, 1936). Y, sin embargo, tanto la prensa «democrática» y «socialista» como la literatura académica parecen olvidar o minimizar el alcance de la misma, cuando no la consideran como un hecho antihistórico (Cfr. E. Líster, Nuestra guerra, París, 1966).


Como muy bien dice Noam Chomsky: «En las obras de Historia recientes esta revolución esencialmente anarquista, que condujo a un importante cambio social, es tratada como una especie de aberración, un molesto contratiempo que impedía la victoriosa prosecución de la guerra y la protección del régimen burgués amenazado por la rebelión franquista» (American Power and the New Mandarins, 1969, pág. 65).


¿En qué consistió concretamente esta Revolución y cuáles fueron sus bases ideológicas? ¿Cuáles fueron sus metas y en qué medida se lograron? «En 1930 —recuerda Frank Mintz— se publicó un libro que iba a ser el respaldo ideológico del anarquismo español y que el Comité Nacional de la CNT mando traducir. Era del anarcosindicalista francés Pedro Besnard, Les Syndicats ouvriers et la revolution sociale. Describía el autor la toma de las industrias por los sindicatos y su gestión federalista» (La autogestión en la España revolucionaria, Madrid, 1977, pág. 45). El esquema que reproducimos tal como lo da el mismo Mintz, era el siguiente: «Industria: “Comités de talleres, consejo de fábrica, sindicato obrero de industria, uniones locales y regionales; federaciones nacionales e internacionales de industria; consejo económico del trabajo”. Cada organismo “será revocable a cada momento por estas asambleas o congresos”. Agricultura: (Granjeros y arrendatarios). “Había que esforzarse por hacerles entender la necesidad de la explotación común y colectiva”. “De este modo, sólo quedarán dos formas de explotaciones agrícolas: las explotaciones colectivas y las explotaciones artesanales”. La supresión de la herencia hará desaparecer por entero la segunda categoría al cabo de una generación”. Intercambio internacional: “El trueque y el pago en moneda”. “El oro no será más que un medio, un instrumento de evaluación y nada más”. Intercambios nacionales: “Conocemos demasiado las distorsiones del dinero para continuar utilizándolo en los intercambios. (La distribución se hará) con la presentación de la libreta de trabajo o de individualidad. (Los precios serán invariables y se evaluarán en antigua moneda y no habrá ‘pago real’, será un ‘juego de letras’)”. Conclusión: “No vengan, sobre todo, por incapacidad o pereza, a afirmar otra vez, como se ha hecho hasta ahora, que la improvisación bastará para todo y que es inútil prever”.» No faltaron, por lo demás, entre los mismos militantes españoles de la CNT expositores claros y lúcidos de las bases ideológicas de la revolución social y de los planes y medios orgánicos para su realización práctica. Citemos, como ejemplo, al médico Isaac Puente y al periodista Diego Abad de Santillán (Cfr. F. Mintz, op. cit., págs. 48-49). El primero de ellos «refutaba en ocho puntos los prejuicios contra el comunismo libertario; presentaba un cuadro comparativo de la organización política y de la organización de la Sociedad sin Estado y sin propiedad particular. Para esto no hay necesidad de inventar nada, ni de crear ningún organismo nuevo. Los núcleos de organización, alrededor de los cuales se organizará la vida económica futura, están ya presentes en la sociedad actual: son el Sindicato y el Municipio libre» (El comunismo libertario, 1932, pág. 6). Santillán, a su vez, exponía así su visión del camino a recorrer, cuya ventaja era, como dice Mintz, «que racionalizando la sociedad tal como era, y la fuerza del ejemplo convenciendo a los demás, se instauraba el comunismo libertario sin mayores obstáculos»: «Hay diversas organizaciones obreras en España; todas deben contribuir a la reconstrucción de la economía y a todas se les debe dejar su puesto. La revolución no rehúsa ningún aporte en ese terreno; luego, fuera de la producción y de la distribución equitativa, obra de todos y para todos, cada cual propiciará la forma de convivencia social que mejor le agrade de igual forma no negaremos el derecho a la fe religiosa a los que la tengan, como a su ostentación» (El organismo económico de la revolución, Barcelona, 1936, pág. 33). Es cierto que, como anota Mintz, estas ideas (sobre todo las referentes a la libre asociación y a la libertad de religión) no fueron respetadas por muchos anarquistas, pero eso fue más fruto del apasionamiento provocado por la lucha de clases que consecuencia de los planes y programas de la CNT. Veamos, por ejemplo, lo que sucedió en una de las regiones donde menos arraigó el impulso revolucionario anarquista y anarco-sindicalista, es decir, en Castilla. Comencemos por el campo, donde desde 1931 habían triunfado los partidos de derecha (Cfr. Richard A. H. Robinson, Los orígenes de la España de Franco, Barcelona, 1974, pág. 85, 131 ss.).


A un mes del final de la guerra y del triunfo fascista había allí unas doscientas cuarenta colectividades agrarias, que comprendían veintidós mil seiscientas sesenta y cuatro familias (José Luis Gutiérrez Molina, Colectividades libertarias en Castilla, Madrid, 1977, pág. 26). En las colectividades, el afiliado «entraba a formar parte de éstas con todas sus pertenencias, que las ponía en el fondo común de la colectividad» y «si alguno quería retirarse, por norma general podía llevarse aquello que aportó en el momento de su ingreso y que constaba en el libro de registro de la colectividad» (Ibid., pág. 28). «Una de las mayores aspiraciones era la desaparición del salario, y para ello cada colectivista, a veces, tenía derecho a una serie de productos y una retribución familiar. Por ejemplo, en la colectividad de Dos Barrios, en la provincia de Toledo, los solteros cobraban treinta y dos pesetas, y los matrimonios cuarenta y cinco, añadiéndose quince pesetas por hijo que trabajaba y una por hijo que no trabajaba. Los ancianos e inválidos cobraban doce pesetas. En cuanto a los hijos de las viudas, la retribución era igual a la de los hijos de los matrimonios. Los huérfanos tenían oportunidad de acogerse a una casa-colegio que la colectividad había fundado; si no, recibían quince pesetas. Y así, con escasas diferencias, sucedía en todas las localidades donde existía una colectividad» (Ibid., pág. 28) (Cfr. Macario Royo, Cómo implantamos el comunismo libertario en Mas de las Matas, Bajo Aragón, Barcelona, 1934).


Estas empresas autogestionarias —contra lo que la prudencia burguesa preveía y contra lo que los comunistas esperaban— fueron sumamente eficientes y, en medio de la guerra y de toda clase de dificultades, entre las cuales no era la menor la sorda oposición del gobierno de Madrid, aumentaron notablemente la producción. Para citar un ejemplo, entre tantos posibles: La colectividad del pueblo castellano de Tielmes de Tajuña (fundada el 17 de diciembre de 1936), cuyos miembros habían aportado «todo lo que tenían; los pequeños propietarios, sus tierras, sus simientes, sus aperos, sus productos, ¡su dinero!; los pobres de solemnidad, sus brazos y su buen deseo de procurarse una vida menos azarosa que la anterior», logra en 1937 una cosecha muy superior a la del año anterior «que comprende dos mil quinientas fanegas de cebada, mil quinientas de trigo, ochocientas de avena, sesenta mil kilos de patatas, treinta mil de judías, setenta y cinco mil de aceite, ochenta mil de aceitunas y seis mil arrobas de vino. Las hortalizas recolectadas ascienden a los cien mil repollos, ciento treinta mil pimientos, ciento diez mil tomates, cuarenta mil coliflores y la fruta de cien mil manzanos, trescientos perales y cuarenta ciruelos» (Ibid., págs. 29-30). Agustín Souchy ha estudiado las colectividades aragonesas en su libro Entre los campesinos de Aragón, 1937. Elocuentes cifras podrían traerse de las colectividades agrarias de Cataluña, Valencia, etc. Basta recordar que casi las únicas divisas que ingresaron a la República entre 1936 y 1939 provenían de los citrus exportados por las colectividades levantinas. ¿Cómo referirnos, sin ocupar (docenas de páginas), al funcionamiento de la industria autogestionaría en manos de la CNT? ¿Qué decir, por ejemplo, de los teléfonos y tranvías de Barcelona, jamás tan eficientemente manejados como cuando se hicieron cargo de ellos los ptrpios trabajadores? (Cfr. W. Tauler, Les tramways de Barcelona, 1936-1939, Ginebra, 1975). ¿Qué decir de las fábricas que los obreros, mayoritariamente anarcosindicalistas, llevaron a su más alto grado de productividad en Tarrasa, en Sabadell, en todos los pueblos industriales de Cataluña? (Cfr. Gaston Leval, Colectividades libertarias en España, Madrid, 1977).


Nos limitamos a citar algunos párrafos de Daniel Guerín (que transcribe J. Gómez Casas en su Historia del anarco-sindicalismo español, Madrid, 1969: «En octubre de 1936 se celebró en Barcelona un congreso sindical en que se hallaban representados seiscientos mil trabajadores, cuyo objeto era el de estudiar la socialización de la industria. La iniciativa obrera fue institucionalizada por un decreto del gobierno catalán, fechado el 29 de octubre de 1936 que, aun reconociendo el hecho consumado, introdujo en la autogestión un control gubernamental. Se crearon dos sectores, uno socialista, otro privado. Estaban socializadas las industrias de más de cien trabajadores. Las de cincuenta a cien obreros podían serlo mediante la petición de las tres cuartas partes de los trabajadores, e igualmente aquellas cuyos propietarios habían sido declarados “facciosos” por un tribunal popular, o habían abandonado la explotación. Por fin, aquellas cuya importancia dentro de la industria nacional, justificaba que fueran tomadas al sector privado. De hecho, gran cantidad de industrias deficitarias fueron socializadas». «La fábrica en régimen de autogestión estaba dirigida por un comité compuesto de cinco a quince miembros, nombrados por los trabajadores en asamblea general, con mandato de dos años, la mitad de los cuales se renovaba cada año. El comité designaba un director al que delegaba todos o parte de sus poderes. En las empresas muy importantes el nombramiento debía ser aprobado por el organismo de control. Por otra parte, un observador del gobierno era designado “directamente en cada comité de gestión. No se trataba ya de una autogestión integral, sino más bien de una cogestión, en estrecho contacto con el Estado”.» «El Comité de gestión podía ser revocado bien por la asamblea general, bien por el Consejo General de la rama de industria, compuesto por cuatro representantes de los comités de gestión, ocho de los sindicatos obreros y cuatro técnicos nombrados por el organismo de control. Este Consejo general planificaba el trabajo y fijaba el reparto de los beneficios. Sus decisiones tenían carácter ejecutivo.» «El decreto del 24 de octubre de 1936 era un compromiso entre la aspiración a la gestión autónoma y la tendencia a la tutela estatal, a la vez que una transacción entre capitalismo y socialismo. Fue redactado por un ministro libertario y aceptado por la CNT porque algunos dirigentes anarquistas participaban en el Estado. Si disponían ellos mismos de los resortes estatales de acción, ¿cómo hubieran podido negarse a la ingerencia del Estado en la autogestión? Una vez introducido en el redil, el lobo termina, poco a poco, por hacerse dueño.» Este tipo de autogestión limitada, análogo al que había de instaurarse en Yugoslavia y en la China de Mao, no conformó, sin embargo, a la mayoría de los trabajadores anarcosindicalistas. «Aquí se marcaba ya —dice Gómez Casas— la oposición paulatina que se establecería en los comités responsables de la Confederación, respaldados por acuerdos orgánicos, entre la posición colaboracionista y la acción revolucionaria constructiva de base.»


Esta acción revolucionaria condujo, sin embargo, a una más auténtica autogestión en muchas industrias y centros fabriles, solucionó algunos de los gravísimos problemas que la instauración del régimen autogestionario suele plantear (como la superación del particularismo, que establece desniveles entre colectividades ricas y pobres), reorganizó profesiones enteras, cerrando pequeñas industrias improductivas. En Cataluña, por ejemplo, según datos de Guerín, las fundiciones, de setenta a veinticuatro; las curtiembres, de setenta y una a cuarenta; las cristalerías, de un centenar a una treintena. Pero este proceso también fue obstaculizado por los comunistas estalinianos y los socialistas reformistas, que se oponían a la confiscación de bienes de la pequeña burguesía y mostraban un religioso respeto por la propiedad privada. En términos generales, y aun contando con las señaladas limitaciones y obstáculos, la colectivización fue un éxito gracias a la fuerza combativa de los obreros anarcosindicalistas. Dice Guerín: «De igual modo que había sucedido en el sector agrario, la autogestión insdutrial fue un éxito notable. Los testigos presenciales no regatearon elogios, sobre todo en lo concerniente al buen funcionamiento de los servicios públicos en régimen de autogestión. Un número considerable de empresas, si no todas, fueron dirigidas de manera notable. La industria socializada aportó una contribución decisiva a la guerra antifascista. El pequeño número de industrias de armamento construidas en España antes de 1936 lo habían sido fuera de Cataluña: en efecto, la clase patronal no tenía confianza en el proletariado catalán. En la región de Barcelona se hizo preciso reconvertir urgentemente las fábricas para ponerlas al servicio de la defensa republicana. Obreros y técnicos rivalizaron en ardor y en espíritu de iniciativa. Al frente de guerra empezó prontamente a llegar un material fabricado principalmente en Cataluña. Un esfuerzo considerable se orientó también hacia la fabricación de productos químicos indispensables a la guerra. En el terreno de las necesidades civiles, la industria socializada no demostró menos audacia. Se lanzó a la transformación de las fibras textiles, hasta entonces nunca practicada en España, trató el cañado, el esparto, la paja de arroz y la celulosa».


En términos generales, el proceso revolucionario en la España de 1936-1939, puede resumirse así: Los gobernantes republicanos no consultaron a las bases ni dieron a la clase trabajadora más participación que la del voto. Inclusive la colectivización fue una decisión tomada desde arriba. Pero, como dice Mintz, «si bien los líderes elegían la alianza con la burguesía republicana y postergar los anhelos anarquistas, la base no se preocupaba de esta orientación, lo que explica la aparición de la autogestión, a pesar de todo y de todos los jefes».


Caracas, 1986.

Gay Liberation Front

Published on: domingo, 26 de junio de 2016 // , ,
[Como dentro de poco va a ser el Día Internacional del Orgullo Gay, pues en su homenaje ponemos un texto del libro de Mario Maffi titulado La cultura underground:]



El Gay Liberation Front se presenta con muchos caracteres comunes al Women’s Liberation Movement, sobre todo por la fusión de motivaciones psicológicas y socioeconómicas, en una dirección tiende a un análisis político de la situación del homosexual con proposiciones y soluciones potencialmente revolucionarias. En ambos movimientos, se trata de una minoría sexual oprimida y que es precisamente en el campo sexual donde experimenta la opresión que a nivel macroscópico le afecta en el campo socioeconómico. También valen, pues, para el Gay Liberation Front, las consideraciones generales hechas para el Women’s Liberation Movement, sobre todo en lo que se refiere a la naturaleza «de emergencia» de las exigencias y los análisis de ambos movimientos, ocupados en una fase de maduración y auto-descubrimiento que podría prolongar una inserción en un frente revolucionario, pero ya no sobre bases sectoriales y particulares.

En una sociedad basada en sacros principios, como los del matrimonio monogámico, la heterosexualidad, el patriarcado, que defienden y ocultan la naturaleza económica de base con la reprobación y el rechazo moral y religioso respecto a todas las manifestaciones que escapan a tales sacros principios, el homosexual ya no es libre en sus propias elecciones y está obligado a replegarse en un mundo equívoco, ilegal, mortificante, marginado y marginante, con el que por sí mismo no se identifica. Se ve relegado a un purgatorio, en el cual sólo está vagamente seguro si sus capacidades intelectuales o sus condiciones económicas son suficientes para granjearse el perdón o la aceptación de la sociedad. Y no siempre se verifica así. Normalmente la expresión de la sexualidad homófila en público desencadena la ira de la «gente normal», «el ostracismo social de los chovinistas heterosexuales», los ataques de bandas de jóvenes en busca de emociones y de la agresión por sí misma. Esta situación opresiva les lleva finalmente a determinadas áreas-gueto, fuera de las cuales raramente es aconsejable aventurarse, si no es ocultando trágicamente la propia personalidad.

Los homosexuales sufren, pues, frecuentes discriminaciones en el trabajo y en la búsqueda de una vivienda si se atreven a manifestarse honestamente como tales.
Para escapar a la sórdida opresión de la provincia y de la periferia, muchos se trasladan a Londres y viven públicamente en su gueto o subcultura gay; llevan vidas esquizofrénicas, fingiendo ser normales en el trabajo y volviendo a ser abiertamente homófilos de noche en los clubs y pubs de Chelsea y Earls Court [1].


En el terreno individual, la vía de salida de tal situación es reprimir las propias tendencias frente a los demás y frente a sí mismos —con la inevitable consecuencia de producir situaciones esquizofrénicas y neuróticas difícilmente solucionables— o aceptar esta subcultura gay, alineada, explotada y explotadora.

El Gay Liberation Front se organizó para hallar soluciones radicales a esos problemas. En USA el movimiento es muy amplio: desde la Bahía de San Francisco se ha extendido muy pronto a otras grandes ciudades, con masivas demostraciones de protesta contra las brutalidades de la policía, de apoyo a movimientos afines como el Women’s Liberation, de reivindicación de los propios derechos y afirmación de la necesidad de una alianza con los movimientos de lucha contra el sistema.

El puerco sistema USA sólo permite a los invertidos vivir en determinadas áreas-gueto, aterrorizados por los puercos-policías, explotados por la mafia, con una psiquiatría reaccionaria difundida expresamente para conseguir devolver a los invertidos al mundo de Norman Normal [2].

En lo que se refiere a las reivindicaciones inmediatas y parciales, la protesta del Gay Liberation Front apunta especialmente contra los métodos psiquiátricos institucionales, en un rechazo de situar en un mismo plano homosexualidad y enfermedades mentales, de considerar la homosexualidad como una anormalidad psicológica que hay que curar con tratamientos a base de shocks y similares. De ahí, la intervención en algunos congresos de psiquiatría en los que se ilustraban las últimas adquisiciones científicas para la «cura de la homosexualidad» (¡proyección de diapositivas de cuerpos masculinos desnudos, acompañadas de descargas eléctricas!).

  
El Gay Liberation Front exige…
- que toda discriminación contra los homosexuales, masculinos y femeninos, por parte de las leyes, de los dadores de trabajo, y de la sociedad en general, cese de inmediato.
- que todos aquellos que se sienten atraídos por miembros del mismo sexo comiencen a comprender que esos sentimientos son perfectamente normales.
- que en las escuelas la educación sexual deje de estar exclusivamente dirigido en sentido heterosexual.
- que los psiquiatras dejen de tratar la homosexualidad como si fuese un ejemplo de enfermedad, produciendo de este modo absurdos complejos de culpa en los homosexuales.
- que los homosexuales sean completamente libres de entrar en contacto con otros homosexuales, a través de anuncios en los diarios, por la calle y en cualquier otro lugar que quieran, de la misma manera que pueden hacerlo los heterosexuales, y que la persecución policíaca cese inmediatamente.
- que los dadores de trabajo no tengan la posibilidad de discriminar en contra de nadie debido a sus preferencias sexuales.
- que la edad de la razón para los homosexuales masculinos sea la misma que para los no homosexuales.
- que los homosexuales sean libres de tomarse de la mano y besarse en público, como los heterosexuales.
¡GAY es bello!
¡Todo el poder al pueblo oprimido! [3]


Más allá de estos objetivos limitados, el Gay Liberation Front también tiene clara su posición dentro de una perspectiva más amplia y radical. El mismo mensaje de solidaridad de Huey P. Newton, en nombre del Black Panther Party, subraya que la lucha de las mujeres y de los homosexuales se inserta en el frente más vasto de la lucha contra el sistema, a la que ofrece material y energías valiosas. En tal sentido, ha surgido una escisión en el interior del moviendo entre la línea reformista (que se sitúa sobre la base de objetivos exclusivamente reivindicativos) y la línea radical.

El motivo por el cual la liberación de los homosexuales será tan importante para cualquier forma de revolución social es que pone al desnudo los mitos referentes a masculinidad y feminidad, que tan importantes son en nuestra sociedad para mantener a la gente en «su sitio». La mayor parte de la gente normal —hip o no— se pone tensa en cuanto se plantea el tema de la homosexualidad. Generalmente se siente amenazada, quizás porque frecuentemente ha reprimido inclinaciones homosexuales que nuestra cultura ha acostumbrado a considerar desviadas y anormales. La revolución deberá cambiar TODAS las instituciones opresivas de nuestra sociedad: económicas, políticas y culturales. Si las personas que están culturalmente oprimidas por el hecho de ser homosexuales no se organizan a partir de su represión concreta, formulando sus exigencias de una nueva sociedad, la específica opresión que denominamos sexismo aparecerá idéntica en la nueva sociedad… ¡NINGUNA REVOLUCION SIN NOSOTROS! [4]

Esta fractura entre el grupo llamado de los revolutionaries y el llamado de los chickenshit liberals (liberales cagados) [5], aparece muy bien documentada en del Gay Liberation Front inglés, de formación más reciente. Al analizar la situación inglesa, el grupo radical explica que la incapacidad del capitalismo para servir las necesidades del pueblo (casa, educación, servicios sociales, etc.) ha originado una situación en la cual la población de color es utilizada como chivo emisario, con demagogos racistas tipo Powell que juegan con los reaccionarios prejuicios populares, y gobiernos, tanto conservadores como laboristas, que se someten de buena gana a las exigencias reaccionarias (leyes sobre la emigración, etc.), y cómo la clase dirigente está pasando ahora a la represión legal contra los militantes obreros con la Industrial Relations Act.

Los homosexuales no pueden permanecer indiferentes a la guerra mundial contra el capitalismo y el imperialismo… Todos los ejemplos históricos muestran que la represión de la clase obrera, el racismo y los ataques a los homosexuales son cosas que van juntas. Todas ellas son factores del capitalismo autoritario o del fascismo… En Inglaterra, los homosexuales podrían ser perfectamente las próximas víctimas de la policía de la «Ley y Orden» [6].


MARIO MAFFI, La Cultura Underground. Ed. Anagrama, 1972.
(Este texto forma parte del capítulo V, «La política», de la Primera Parte del libro.)



NOTAS:
[1] John Wilde, Gay Lih - Say It Lound-Gay Is Poud!, en «IT», 92, 20 de noviembre-3 de diciembre de 1970.
[2] John Wilde, art. cit.
[3] Octavilla del Gay Liberation Front inglés, ahora en BAMN cit., pág. 213.
[4] John Wilde, art. cit.
[5] En la acepción anglo-americana del término «liberal».
[6] Gay Liberation, en «IT», 95, 31 de diciembre de 1970-14 de enero de 1971.


La inteligencia de las plantas

Published on: domingo, 1 de mayo de 2016 // ,
Cómo se comunican las plantas
por debajo de la tierra

Por SUSANNE BILLIG y PETRA GEIST 


Los investigadores sospechan que las raíces de las plantas forman una vasta red de comunicaciones extendida por todo el planeta. Incluso en la superficie de la Tierra pueden hacer mucho más de lo que se creía: las plantas se defienden muy hábilmente e incluso atraen a defensores cuando un animal amenaza con devorarlas.

Parque Nacional de Krüger, en Sudáfrica, unos antílopes se acercan a un grupo de acacias. Los animales muerden las hojas de un árbol y disfrutan de su jugoso sabor. Poco después los animales se van al árbol más cercano —pero, tiene un sabor amargo—. Y las hojas de los vecinos también. Todo el bosque se ha vuelto de repente no comestible. Hambrientos, los antílopes siguen su camino.

Uno a cero a favor de las acacias. Se han defendido con éxito de los voraces animales. Pero, ¿qué ha pasado exactamente? Durante mucho tiempo, los investigadores veían a las plantas como poco más que robots vivientes, sometidas a un firme programa de crecimiento. Pero poco a poco la biología moderna se está despidiendo de la imagen de las plantas como organismos pasivos. ¡Las plantas pueden hablar! Esto se demuestra con el ejemplo de la acacia. Las plantas se ponen de acuerdo entre ellas, pero no mediante sonidos, sino químicamente, por «etileno».

Cuando una acacia es mordisqueada, emite un gas inodoro y dulce. Los árboles de la zona entienden la señal y elevan de manera drástica el porcentaje de tanino de sus hojas. El resultado: un sabor desagradable y problemas de digestión para los animales con cornamenta.

«Se trata de una molécula gaseosa, el etileno, que también se conoce como el lenguaje de las plantas, sus susurros y charlas son emitidas por una planta en muchas situaciones. Se lleva a cabo en la parte superior de la planta, las hojas, y la información puede trasmitirse hasta 100 metros de distancia.»


Dieter Volkmann es profesor emérito del Instituto de Biología Celular y Molecular de la Universidad de Bonn.

«El gas es volátil, y se traslada de inmediato a los árboles más próximos gracias al viento. Éstos saben que algo pasa en los alrededores, tienen que defenderse y ponen en marcha un mecanismo de defensa lo antes posible, para protegerse del enemigo hambriento, reducir los daños y así sucesivamente.»

El profesor Volkmann pertenece desde hace muchos años a un reducido grupo de investigadores que trabajan por todo el mundo, dedicados a revolucionar nuestra imagen de las plantas. Su trabajo no recibe una aprobación unánime, muchos botánicos consideran que sus interpretaciones son exageradas. ¿Pueden realmente hierbas y árboles «ver, oír, oler, saborear y sentir», como dicen Dieter Volkmann y sus colegas?

La ciencia conoce hoy día al menos 17 factores ambientales que las plantas analizan y procesan de manera constante. Gravedad, luz, humedad, temperatura, nutrientes y fragancias son algunos de ellos. Las plantas también saben si sus raíces tocan las raíces de congéneres o de otra especie. Las plantas son verdaderas artistas de la percepción.

La nueza (Bryonia dioica), una planta trepadora, es tan sensible que puede notar un hilo que pesa la millonésima parte de un gramo, lo que supera ampliamente la capacidad de percepción de los animales y seres humanos. Las plantas también analizan la luz ultravioleta en detalle. Si es demasiado para ellas, crean pigmentos que tienen un efecto similar al de una crema solar. Si una planta nota que tiene una infección viral, su respuesta se llama «aspirina». Producen ácido salicílico y refuerzan así sus defensas.

Las posibilidades de supervivencia de una planta dependen de la precisión con la que sea capaz de percibir su entorno. Después de todo, está firmemente plantada en un sitio, no puede huir ni defenderse o morder. Las plantas no sólo se protegen entre ellas de sus enemigos. También piden ayuda a los enemigos de sus enemigos ofreciendo algo, que en la naturaleza es extremadamente valorado: un banquete en bandeja de plata.

¡Alerta de orugas en un campo de maíz! Angustiado, el maíz genera una fragancia, con la que atrae a la avispa parásita Cotesia marginiventris. Sus larvas adoran el sabor de precisamente ese tipo de orugas como alimento. Todo el campo de maíz emite un SOS. Por fin huelen las pequeñas avispas el mensaje y vienen en tropel. En poco tiempo, sus larvas se comerán a la plaga desde su interior. Misión cumplida.

Las plantas saben exactamente quién las hace daño. Un pequeño daño en una hoja no es suficiente: el SOS químico sólo será emitido cuando la planta haya identificado a su agresor gracias a la saliva. ¿Será acaso el temible ácaro de dos puntos (Tetranychus urticae), o se tratará del ácaro del tilo o araña roja (Eotetranychus tiliarium)? Y los «gritos olorosos» de la planta se lo comunicarán a sus hambrientos ayudantes.

«Se trata una red de comunicación muy compleja entre diversos organismos. Por un lado está el enemigo hambriento de las plantas, y al otro lado está un insecto protector de la planta, que ataca y mata, a favor de la planta, a los otros insectos.»

Las plantas de cultivo modernas han perdido por cierto estas capacidades. Ya no pueden entender las llamadas de alarma de los miembros de su propia especie y ni siquiera son capaces de avisar. Son criadas mudas y sordas. En la naturaleza las plantas no sólo se comunican en la superficie, también hay un intenso intercambio de información bajo tierra. De ello se encarga la gigantesca y dinámica red de raíces, denominada por los científicos como «Wood Wide Web» [juego de palabras relacionado con la de internet WWW, World Wide Web].

«En la comunicación dentro de la Wood Wide Web (Red Informática Forestal), como se la llama hoy día, juegan los hongos un papel fundamental, simbiótico, es decir, los hongos trabajan para las plantas y las ayudan a extraer nutrientes. Y ese sistema subterráneo de filamentos de hongos existe para cada árbol, y, muy posiblemente, esté extendido por toda la Tierra, de manera que existe un sistema de comunicación subterráneo basado en hongos para las plantas.»


Los filamentos de los hongos penetran en las células de la raíz, crecen con ella y de esta forma conectan con otras raíces entre sí. El intercambio de información tiene lugar mediante sustancias solubles en el agua, que pueden ser leídas por las raíces de una manera similar a los mensajes de correo electrónico. ¿Son las plantas de la vecindad parientes o extrañas? ¿Se aproximan bacterias, hongos o animales dañinos? Informaciones valiosas que las raíces necesitan para poder buscar ayuda, poner en marcha sistemas de defensa o adaptar a su entorno de manera flexible su crecimiento. Las raíces de las plantas no emplean sólo señales químicas. Unos investigadores descubrieron recientemente que también usan señales eléctricas.

Las señales eléctricas se mueven un centímetro por segundo, una lentitud similar a la de las señales nerviosas de medusas y gusanos. Los impulsos eléctricos fluyen a través de tubos delgados que abastecen de nutrientes a la planta. ¿Para qué necesitan las plantas electricidad? Porque también ellas tienen a veces que reaccionar rápido. Cuando una raíz encuentra un veneno, a los pocos segundos ya está creciendo en otra dirección: una noticia sólo puede comunicarse así de rápido mediante electricidad. Según František Baluška, profesor en la Universidad de Bratislava en Eslovaquia y director de un grupo de investigadores del Instituto de Biología Celular y Molecular, Universidad de Bonn:

«Las raíces han de hacer frente a veces a situaciones peligrosas. Hay zonas tóxicas, sin agua, con exceso de sal y, a veces, sólo con rocas. Las raíces han de evitar esas zonas. Y hay algunos indicios de que las raíces pueden notar de alguna manera estos peligros. Entonces, dan muestras de evitar el crecimiento. La raíz se gira a la izquierda o a la derecha y crece alrededor de esa zona. En el caso de piedras crecen normalmente encima de ellas, exploran su superficie y así poder encontrar un espacio libre, en el cual pueden de nuevo crecer hacia bajado, siguiendo la gravedad.»

¿Sensaciones? ¿En las plantas? ¿Pueden realmente las plantas más que reaccionar de manera pasiva a estímulos? ¿Albergan finalmente algo así como un «cerebro» vegetal en las profundidades de la tierra oscura? Naturalmente carecen las plantas de cerebro, como reconocen los biólogos especializados en plantas. Pero una especie de centro receptivo si que se puede encontrar en las raíces, dice František Baluška. Una zona especial por encima de la punta de la raíz es capaz de reconocer estímulos exteriores, a los que reacciona y se adapta a nuevas situaciones. Y algunos de sus funcionamientos no se diferencian mucho de los del cerebro.

«No es toda la punta de la raíz, sino una pequeña zona, que llamamos 'zona de transición'. Y esa zona parece ser muy, muy activa. Allí no hay crecimiento celular, pero sí un reciclaje de pequeñas vesículas celulares y hay actividad eléctrica. Esto indica que dicha zona tienen una función. ¿Pero cuál? Lo hemos investigado y los datos indican que esa zona tiene una función muy similar a la de nuestras células cerebrales.»

Esas células especiales encima de la punta de las raíces transportan minúsculas ampollas llenas de líquidos de ida y vuelta, las llamadas vesículas. En ellas se encuentran neurotransmisores, sustancias de mensajes químicos como las sinapsis de los animales, los conectores entre las células nerviosas. Poco a poco, los científicos empiezan a obtener una imagen clara del papel de la punta de las raíces: Cuando perciben luz o una sustancia venenosa, envían la información a la 'zona de transición'. Aquí se compara la información con otras y el resultado se envía a la 'zona de crecimiento' de la raíz. Esta puede así notar el terreno que tiene delante de ella.

Percibir el entorno, convertir los estímulos sensoriales en información y repartirla por todo el cuerpo, responder de manera flexible y creativa... ¿Son inteligentes las plantas, tienen una conciencia? Según el profesor Dieter Volkmann:

«Yo tendría mucho cuidado con el uso de la palabra conciencia. Para nosotros se trata de que las plantas pueden ser mucho más de lo que hasta ahora habíamos pensado, más de lo que se sabía. Y si quitamos el factor tiempo —de hecho la principal diferencia entre los animales y las plantas—, entonces, nos aproximamos mucho a la zona en la cual animales y plantas se parecen mucho. Si ponemos las imágenes a cámara rápida, una punta de una raíz se parece y comporta exactamente igual que un gusano, que se arrastra de aquí a allá, es tan sólo una cuestión de tiempo.»

Actualmente está surgiendo una visión, en líneas generales, de las plantas como seres comunicativos y creativos. Y, sin embargo, hay muchos científicos que contemplan de manera escéptica esta nueva visión de las plantas, pero la investigación científica continúa.

(21 febrero 2010)

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